En redacción

Adenda
Reflexiones acerca del tiempo y la Conciencia

Antes que nada pido disculpas por lo que pudiera parecer un autobombo. Las razones por las que utilizo fotos de mí mismo es porque es lo que tengo más a mano, y además son esas fotos las que me han servido para realizar una reflexión acerca del tiempo en conexión con los asuntos de este libro (Ética del Ser).

Asimismo, a semejanza de Charles Bukowski y su texto Shakespeare never did it, llegué a considerar titular el presente escrito algo así como Heráclito nunca lo hizo. Naturalmente nunca lo hizo.
Es decir nunca tuvo la oportunidad de confrontarse consigo mismo de una manera tan demoledoramente eficaz como la que podemos tener hoy en día gracias a los registros espaciotemporales que la técnica nos proporciona -la técnica, ese desarrollo en el tiempo del telos humano.

Esta confrontación en épocas pasadas sólo era posible recurriendo a la memoria a la que podíamos añadir -en el mejor de los casos- quizás alguna pintura representativa.
Por el contrario, hoy en día, gracias a la capacidad humana para pensar la realidad (cum putare) desvelando lo que hay oculto tras la apariencia y mostrando por tanto facetas del ser (es decir, lo que es siendo; http://filonet.es/realidad/tonteria.htm) gracias a ello, repito, podemos acercarnos a otra realidad que siendo nuestra sin embargo no lo es en términos absolutos

Pues, ¿puedo acaso decir que yo soy ahora el mismo que el niño de las fotografías?

1956 09 030 Córdoba

1957 03 17 Córdoba

1957 03 03 Córdoba, Rafael leyendo un TBO

Evidentemente no aunque sin la menor duda me reconozca en ellas, e incluso me aviven recuerdos del momento en que se hicieron.

Mi persona (¿máscara?) sería entonces el equivalente al río de Heráclito, en el que nadie puede bañarse dos veces pretendiendo que sea el mismo río.

Y lo mismo que he dicho respecto al niño lo puedo decir respecto al hombre que se muestra en la foto.

yo, 35 o 36 años

Nada que ver (del todo) con la persona mayor (tercera edad que dicen) que soy ahora, listo ya (aunque suene dramático, y me disculpo) para el pass away.

Pero, siendo honesto, de la misma forma que no puedo decir que realmente yo sea -en mi vejez y con mis enfermedades- el mismo que el niño o el hombre mostrados en las fotografías, tampoco puedo decir enteramente que no sea la misma persona. En tanto que ser con memoria no sólo me puedo reconocer como mí mismo, no sólo puedo reconocer mi mismidad, sino que como ente biológico sé que existe una continuidad entre los diferentes estados por los que he ido atravesando a lo largo del tiempo. Lo que soy ahora lo soy en función de lo que he sido antes.

Así pues a la pregunta ¿soy yo acaso ahora el mismo que el niño y el hombre de las fotografías? debería responder de una manera ambigua, pues ciertamente soy y no soy al mismo tiempo el mismo, y sólo dependiendo del punto de vista que adopte seré una cosa u otra.

Esta doble cualidad probablemente recordará al lector a algunas de las propiedades de la física no clásica. Pero por mucha ‘ingeniosidad’, por mucho ingenio que le eche al asunto lo cierto es que, al margen de las múltiples posibilidades que tengo de ser una cosa u otra y su contraria, es incuestionable que en un momento dado aparecemos en esa realidad que llamamos universo, y en un momento dado desaparecemos de ello. Es decir, nacemos y morimos, al igual que el resto de los entes.

Sobre ese particular, siendo aún niño (mayor que el de las fotografías pero niño a fin de cuentas, probablemente al límite de la adolescencia) me preguntaba de dónde venimos. O más exactamente “de dónde vengo yo”.

Al caminar por el centro del boulevard me maravillaba lo que veía produciéndome una alegría incontenible (ahora sé que estaba liberando mucha dopamina). Y me sorprendía que todo aquello fuera nuevo para mí.

Me habían explicado en el Colegio que tenemos un alma inmortal lo que significaba que mi alma no moriría. Pero también, aplicando el sentido común, pensaba que en ese caso mi alma existía antes de ser Yo, es decir la persona que era en ese momento. No entendía entonces el porqué las cosas me parecían nuevas si se supone que yo existía anteriormente.

Así pues, la pregunta obligada era “¿de dónde vengo?”, “¿por qué no recordaba nada?”.

Y me esforzaba por intentar recordar, por intentar averiguar de dónde venía. Lo que llegaba a ser doloroso puesto que por mucho que me esforzase no conseguía resultado alguno.

¿De dónde vengo? me preguntaba entonces. Y la respuesta ineludible acababa siendo “de mi padre y de mi madre”. No había más. Y si pretendía seguir con el proceso lo despachaba rápidamente con un “y ellos de los suyos”.

Todo esto que resulta hoy de Perogrullo en un niño era todo un descubrimiento, y también (me doy cuenta ahora) toda una toma de posición. En ningún momento hacía intervenir la figura de un dios. Simplemente ni se me ocurrió.

Naturalmente tampoco pensé en el Big Bang que por supuesto desconocía por completo. A efectos prácticos me bastaba con la respuesta evidente acerca de mi origen, clara y distinta que diría ahora.

Mi conciencia -esa conciencia que muchos confunden con lo que se ha dado en llamar alma – surge entonces de un cuerpo concreto y de unos orígenes precisos.

O lo que es lo mismo, está ligada a una materia perfectamente delimitada, nuestro cuerpo, de tal manera que nace con él y, razonablemente, muere con él.

Sólo, quizás, realizando una profunda relajación e introspección para llegar a una suerte de no-pensamiento o conciencia sin adjetivos sería posible sentir esa conciencia como parte posible de otro espaciotiempo, de otras coordenadas espaciotemporales.

O dicho de otra manera, podríamos darnos cuenta que la conciencia bien podría haber surgido en otro país, en otra cultura, en otro ser humano.

Naturalmente esta afirmación (la de que a través de una profunda relajación e introspección pudiéramos alcanzar algún tipo de conocimiento) no tiene en sí misma valor científico alguno. Tómese si se quiere como una conjetura.

Además, aunque es cierto que disponemos de una cualidad que llamamos empatía gracias a la cual tenemos la capacidad de ponernos en el lugar del Otro, y aunque sí seamos capaces de acceder a otros lugares mediante la inmersión en discursos diferentes producidos por humanos  (un templo, un juguete del pasado, un relato, un libro físico, etc.), en todos los casos el punto de partida es un Yo circunstancial. Y es desde ese yo concreto desde donde podemos hacer una aproximación a otros mundos y a las conciencias que los configuraron (barroco, gótico, románico, por poner más ejemplos en este caso arquitectónicos).

Así pues, el punto de partida es nuestro cuerpo. El cual tiene un inicio -el nacimiento- y un final -nuestra muerte, lo mismo que cualquier otro ente de nuestro universo.

No hay más.

Pues por desgracia, desde un punto de vista estrictamente empírico, nos resulta completamente imposible afirmar una posible existencia de nuestra conciencia más allá de esos dos puntos, nacimiento y muerte. Y cualquier intento de argumentación racional se topa con esos dos puntos mencionados.

Y así por ejemplo, el principio de conservación de la energía (“la energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”), no nos proporciona certezas acerca de nuestra conciencia más allá de esos dos momentos. Imposible argumentar por ese camino.

Asimismo, podemos -como yo mismo he hecho unos párrafos más arriba- resaltar la cualidad de la empatía como una muestra de la capacidad de ubicuidad de la conciencia, pero entiendo que -aun siendo una muestra perfectamente racional- no es suficiente para llegar a ninguna certeza sobre este asunto. Lo impide precisamente el punto de partida, ese Yo circunstancial del que hablaba antes.

Todo lo cual nos lleva al espanto; es decir, resulta descorazonador y simplemente espantoso. Todas las injusticias, todos los horrores, todos los sufrimientos y/o alegrías quedarían limitadas a nuestra vida.

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Así pues, invalidados los dos caminos argumentativos (Empatía y Conservación de la Energía) ligados con la actividad científica, no quedaría otra que recurrir a ‘razonamientos’ que habría que calificar como meramente subjetivos aunque en realidad tengan una dimensión intersubjetiva, semejantes al recurso al ‘dolor de muelas’ con el que Wittgenstein (Cuaderno Azul) se sirve para señalar la naturaleza mental e intercambiable de ese dolor.

Continuará ….

 

 

 

 

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