A vueltas con la telepresencia

Hace poco tiempo terminé de leer un texto de un escritor norteamericano de ciencia ficción.

En 1964, mucho antes del posterior inmenso desarrollo de la computación digital, Daniel F. Galouye publicó Simulacron 3, una novela que algunos sitúan como precedente del film Matrix.

Sin embargo, aunque tanto en Simulacron 3 como en su versión cinematográfica (The Thirteenth Floor) se postulan diferentes planos de realidad creados gracias a los ordenadores y la computación digital, en Simulacron la responsabilidad de esos mundos corresponde exclusivamente a los propios seres humanos y no a las máquinas que supuestamente han tomado el control (Matrix).

Otra diferencia entre una y otra obra estriba en el total realismo que hay en Simulacron para cualquiera de los mundos postulados. De hecho, en la versión cinematográfica uno de esos mundos es la ciudad de Los Angeles en los años treinta, ciudad (o mejor dicho periodo -tiempo) al que los personajes visitan sistemáticamente.

Esta diferencia fundamental en la construcción del relato (máquinas versus humanos, humanos con humanos) entronca, en mi opinión, con esa actitud propia de la curiosidad  y el deseo de conocer por el cual deseamos revivir -resituarnos- en otros tiempos, en otras épocas, que por supuesto son también plenamente humanas.

Y así, cuando visitamos un museo, una exposición histórica, o visionamos un relato cinematográfico que pretende reproducir fidedignamente otra época, estamos intentando resituarnos en ese momento y lugar. Más aún cuando el relato o el objeto es originario de esa época y lugar: unas Memorias como las del Caballero de Seinghalt , un cuadro como los de Vermeer o Canaletto, unas simples gafas de 1800, un juguete egipcio, etc.

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Canaletto: Rotunda, Londres, siglo XVIII. Mencionada por Casanova en sus Memorias

Y a poco que pongamos en marcha nuestra capacidad de empatía, esa cualidad fantásticamente humana, podremos -especialmente al poder tocar esos objetos, es decir al poder sentir con otros sentidos además del de la vista- podremos digo revivir siquiera por unos instantes lo que haya podido experimentar (experienciar) otro ser humano en ese otro plano de la realidad situado en un espacio temporal distinto.

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Este deseo humano de revivir y redescubrir el pasado no es otra cosa que un deseo de situarnos en un plano de la realidad diferente al que percibimos de una manera inmediata. Lo hacemos constantemente. Cuando visionamos en directo un espectáculo situado a cientos de kilómetros de distancia. Cuando interactuamos a través del teléfono o las redes sociales. Cuando vamos a un museo y contemplamos un cuadro o una fotografía. Cuando nos sumergimos en un relato del o acerca del pasado. Cuando soñamos.

Lo interesante de Simulacron 3 es la solución dada para penetrar en ese ‘plano de la realidad diferente’ que es nuestro pasado. A diferencia del film Midnight Paris en el que los personajes se trasladan mágicamente al ayer histórico mediante un carruaje que aparece a las 12 de la noche, en Simulacron el humano es capaz de superponerse, de estar en otro ser humano -como si fuera un huésped fundamentalmente silencioso- merced a la capacidad electrosensorial que hoy llamaríamos interfaz.

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Yo no tengo idea de si en el futuro lejano encontraremos la tecnología para hacer realidad estos sueños. Con seguridad no en la manera concebida en esa novela. Probablemente la solución será mucho menos invasiva, más neutra y eficaz. Pero visto lo visto en estos últimos dos siglos, no creo que sea posible descartar nada que nos pudiera permitir aproximarnos visualmente al pasado.

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Apostilla.

Después de haber escrito y publicado (expuesto) lo que antecede, me he sentido incómodo con la conclusión. Dar pábulo a semejantes fantasías es como quitarme el poco crédito que pudiera tener.

Entonces, ¿por qué escribir y reflexionar sobre este tema?. Pues porque el acceso al pasado es uno de los deseos más recurrentes del ser ser humano. Y al igual que con otros deseos (por muy disparatados que pudieran parecer; ir a la Luna, volar, ‘ver’ y ‘hablar’ a distancia, etc.) haremos todo lo posible por conseguirlo.

Estos ‘disparates’ han supuesto en definitiva una incremento en nuestro conocimiento -nuestro saber- y en nuestra cota de libertad. Ambos ingredientes, Libertad y Conocimiento -indisolublemente unidos- son los que conforman nuestro Telos Humano, el segmento del Ser, de la Naturaleza, que nos corresponde.

 

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